Escuela de Violería. | Sobre la palabra cordero.
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16 ago Sobre la palabra cordero.

Sobre la palabra cordero

(Dos notas a vuela pluma)

 

José Manuel Vilar Pacheco

(Doctor en Filología)

 

   Muchas son las palabras representativas del mundo pastoril; y todas ellas resultan igual de apasionantes.

   Como dice Yakov Malkiel[1], frente a otros campos conceptuales, el de la ganadería tiene un vocabulario de estructura genética muy compleja. Encontramos, pues, entre estas palabras, términos de ascendencia prerromana (abarca, sirle, boñiga, moñiga, zahón) y otros de origen incierto o desconocido, como mardano, morueco, amorecer, rebaño y bache.

   Como era de esperar la mayoría de términos proceden del latín con idénticas o similares significaciones que tuvieron en su origen; así ocurre con las formas más emblemáticas del mundo ganadero: oveja, cordero, borrego, macho, cabra, rebaño, punta, cabra, ubre, carlanca, pastor, trashumancia, majada, corral, badajo, campana, o mamar (y sus derivados mamantón, mamella o mamia). El árabe aporta voces como horra, rabadán, zagal, zaguero, zaíno o zaque; también a través del árabe llegan formas como ciclán (aunque de procedencia inicial latina) o andosco. De las lenguas germánicas proceden ganado, esquila, esquilar, y del catalán, por ejemplo, procede la voz guirra.

   En menor medida y con extensión más general a la del ámbito ganadero encontramos procedentes del francés las voces garrote, capote, forraje o mastín, y del inglés viene la palabra leguis; como extranjerismos o préstamos debemos considerar asimismo, aunque ya adaptados a la fonética castellana en cierta medida, los nombres de razas de ganado foráneas (del francés, ruso o hebreo): charolais, romanov, awasi. Cabría añadir las innumerables voces de carácter dialectal y local, además de los procedimientos de derivación y composición en la creación de términos ganaderos.

   Además, los hablantes del medio rural, como los hablantes serranos, modulan su afectividad hacia el ganado mediante una rica variedad de sufijos. De ahí que no solo haya ovejas, sino también ovejicas, ovejillas, ovejotes y hasta ovejos, al igual que no hay solo corderos –de los que hablaremos especialmente en esta ocasión- sino corderillos, cordericos, corderotes o corderuchos.

   Por una de estas palabras representativas del lenguaje pastoril me pide Javier Martínez que hable con motivo de estas jornadas: nada menos que sobre la etimología de la palabra cordero, que es como hablar de la madre del cordero ─valga la expresión popular y coloquial─; pues tratar asuntos etimológicos es muchas veces como adentrarse en terrenos resbaladizos o montes espesos. La etimología ─mal llamada─ popular juega en ocasiones malas pasadas (valga la redundancia) en esto de buscar los orígenes de las palabras o los motivos que las crearon tal cual. Así, San Isidoro de Sevilla (etimólogo hispano del siglo VII) conectaba el vocablo latino MORS (‘muerte’) con ‘AMARUS’ (‘amargo’), pues amarga es ─claro está─ la muerte; o con el dios MARS, el dios que patrocinaba la guerra y, por tanto, la muerte. Para la palabra vagabundo se buscó dar sentido a su terminación oscura alterándola en VAGAMUNDO, haciéndola de esta manera más transparente al hablante, y así ha ocurrido con muchas palabras.

   Otros efectos de la asociación etimológica o etimología popular la encontramos en algunos topónimos o nombres de lugar. Tradicionalmente, se han aproximado a la santidad términos que no lo son en su origen: por ejemplo, San Morales o Sanlúcar de Barrameda. Tras los nombres de estas localidades ─salmantina una, y gaditana, la otra─ no hay santos o beatos que valgan sino tan solo el nombre común salmuera o el arabismo soluqa ‘oriente’; pero resultaba más propiciatorio y tranquilizador ver tras estos topónimos algún santo varón. Son los excesos de la falsa etimología.

   En cuestión de orígenes etimológicos, los filólogos acudimos necesariamente al conocido coloquialmente como el Coromines o Corominas, es decir, al maravilloso Diccionario crítico etimológico de la lengua castellana, del filólogo catalán Joan Coromines, y a la versión revisada con su discípulo José Antonio Pascual, el Diccionario Crítico Etimológico Castellano e Hispánico. Monumental obra que nos aclara el origen y evolución de las palabras del castellano. Contiene sus imperfecciones y sus equívocos, pero es la obra magna de referencia en esto del origen de las palabras castellanas, y a él me encomiendo para intentar aclarar la etimología de la palabra cordero.

   Vayamos ya pues al asunto que nos ocupa (la madre del cordero) con el permiso y con la ayuda de Joan Coromines[2] y del romanista alemán Gerhard Rohlfs[3].

   Con la palabra cordero se designa en castellano al hijo o cría de la oveja  (el nacido hace menos de un año). Con este sentido, que es el que ofrece el diccionario de la Academia, se registra en castellano la palabra cordero al menos desde el siglo XI. Para las otras edades de los descendientes ovejunos, el castellano dispone asimismo de términos específicos: borrego, mamón, mamantón, lechal, recental, andosco, trasandosco…  Ya el latín disponía de denominaciones inconfundibles para los sexos y estados de esta especie animal, como apuntaba el filólogo Vicente García de Diego[4]: ARIES (para el carnero sin castrar), VERVEX y VERVEX CARNARIUS (para el castrado), OVIS (para la oveja) y AGNUS (para el cordero). Esta última palabra (AGNUS) era en efecto la habitual en latín para designar al cordero. Nuestra palabra CORDERO actual vendría del latín vulgar CORDARIUS, derivada a su vez del latín CORDUS, adjetivo que se aplicaba a las plantas y animales nacidos tardíamente, y en particular a las crías de la oveja. Eso es lo que nos dice, al menos, Joan Coromines, explicación con la que coinciden la mayoría de lingüistas.

   Es decir, el latín empleaba en general para la cría de la oveja la palabra AGNUS y el derivado afectivo AGNULLUS; pero si la cría era tardía se empleaba el término AGNUS CORDARIUS (el cordero tardío). La mayor parte de las lenguas románicas basan su término actual en la palabra AGNUS, mientras que el castellano (y parte del gallego) excepcionalmente se quedaron con el adjetivo; y su palabra actual derivaría de ese segundo elemento (y no del primero). ¿Cómo explicar tal traslación semántica?, es decir, ¿por qué el adjetivo cordarius / tardío aplicado a los animales excepcionales pasó a denominar a cualquier cría de la oveja en estas lenguas? El lingüista Gerhard Rohlfs señala que el cambio semántico podría estar en relación con el hecho de que el animal nacido en el mes de febrero (en vez de noviembre o diciembre) era especialmente apreciado como cordero de Pascua (el cordero pascual o lechal).

   La romanidad hispánica siguió pues ─como en otros muchos casos─ su propio camino y ofreció resultados diferentes al resto de la Romania en esto de llamar a la cría de la oveja. La palabra AGNUS vive con vigor en la Italia meridional bajo las formas AINO o AUNU (‘cordero’), así como en zonas periféricas: como en el portugués ANHO / AÑO. Derivado de AGNULLUS (variante diminutiva) tendríamos el italiano AGNELLO, el provenzal AGNÈL, el catalán ANYELL, el francés AGNEAU, e incluso el rumano MIEL, todas ellas con el significado actual de ‘cordero’. Sin embargo, el castellano utilizó el adjetivo CORDARIUS, y de ahí nuestro CORDERO, o las variantes portuguesas y gallegas (minoritarias) CORDEIRO, o la variante del catalán CORDER. De esta manera y con tal solución el castellano evitó además la confusión con la palabra AÑO (medida de tiempo o periodo de doce meses).

   He aquí pues ─al parecer─ la madre del cordero y el origen, andanzas y desventuras de esta humilde palabra o, si recurrimos a otra metáfora, la palabra cordero abierta en canal.

   Etimologías aparte, para mí la palabra cordero es una palabra cálida, tierna y sabrosa: porque va asociada al calor hospitalario de la lana, porque nos despierta un sentimiento de ternura y hasta de mansedumbre, y sabrosa y hasta jugosa si entramos en cuestiones culinarias y gastronómicas, que de todo hay en torno a ovejas y corderos: palabras y canciones, música y literatura, imágenes y una rica cultura popular, pero también fogones y buen yantar, como habréis comprobado o comprobaréis en la localidad de Guadalaviar, en plena Sierra de Albarracín, en la que se puede disfrutar además si se visita el entrañable museo dedicado a la trashumancia.

   Ante la palabra cordero, de momento, vale la cautela, o a veces tan solo el silencio; el silencio de los corderos, aludiendo al título de la magnífica película de Jonathan Demme, con Jodie Foster y Anthony Hopkins como actores protagonistas.

   Bromas aparte, espero haber puesto en estas jornadas algo de música de fondo al hijo tardío de la oveja, el cordero, que es en definitiva lo que significa la palabra cordero.

Guadalaviar, junio de 2012

Museos, Música y Sociedad (Museo de la Trashumancia, Guadalaviar, 28-30 de junio de 2012)

[1] Y. Malkiel, «Estudios de léxico pastoril», Bulletin Hispanique, LIII (1951), pp. 41-80.

 [2] J. Corominas y J. A. Pascual, Diccionario Crítico Etimológico Castellano e Hispánico, Madrid, Gredos, 1980.

[3] G. Rohlfs, Estudios sobre el léxico románico, Madrid, Gredos, 1979.

 [4] Para nuestro propósito son de interés, entre otros, los siguientes estudios de V. García de Diego: «Voces a los animales» (RDTP, XVIII, 1962, pp. 289-338); Diccionario de Voces Naturales, Madrid, Aguilar, 1968; o Lecciones de lingüística española, Madrid, Gredos, 1973.

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