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Día Internacional De la Mujer. Mujeres Violeras. Escuela de Violeros de Zaragoza.
Mujer, Violera, Escuela, Violeros, Zaragoza, Javier Martínez.
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Día Internacional de la Mujer.

Mujer, Violera

08 mar Día Internacional de la Mujer.

Desde la Escuela de Violeros de Zaragoza queremos sumarnos a la celebración del Día Internacional de la Mujer. A continuación transcribimos un capítulo de la tesis de Javier Martínez, El arte de los violeros españoles, 1350-1650, que recoge algunas noticias sobre la actividad de las violeras durante el siglo XVI.

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MUJERES VIOLERAS

La unidad productiva dirigida por un maestro, en la que trabajaban algunos oficiales y varios aprendices, parece que era equiparable al concepto de “tienda propia”, o tienda con obrador, anexo a ella o no. Una vez superado el examen, el violero podría abrir esta tienda y vender sus propias producciones. La actividad podía iniciarla en solitario o con la ayuda de su mujer, ampliándola con la ayuda de sus primeros aprendices. La mayor parte de los talleres debieron contar con esta estructura, a la que más adelante se sumarían oficiales que permanecían tras la conclusión de su período de aprendizaje. Los jóvenes violeros, tras superar las pruebas de oficialía o maestría y abrir tienda propia, iniciarían la actividad con la corta asignación del maestro, algunas herramientas y la dote de sus mujeres. La costumbre de regalar ropa al finalizar el contrato de aprendizaje era común a otros gremios artesanos. La minuciosa descripción del vestuario marcaba un mínimo de calidad que pudo tener mucho que ver con la dignidad que los oficiales violeros debían ostentar en una sociedad urbana en la que se valoraba el lujo en el vestir, especialmente entre los artesanos. Jaqueline Ferrera aporta algunos testimonios críticos de moralistas o viajeros, respecto a los excesos en el vestir entre los artesanos que imitaban a las clases nobiliarias[1].

El importe de la dote de las mujeres dependía de diversos factores de la familia de origen, como el número de hermanos o las capacidades económicas de los padres. Era una asignación casi obligatoria y, aunque a veces fuera miserable, socialmente era poco honroso que las novias concurrieran al matrimonio sin ella. Miembros de la iglesia o particulares pudientes llegaban a dotar a algunas doncellas pobres, o incluso institucionalizaban donaciones públicas para este fin. Dándose la circunstancia de que, como consecuencia de la habitual endogamia gremial, gran parte de las novias eran hijas de violeros, la cuantía de las dotes se convierte en otro interesante indicio del poder económico y estatus social de los violeros.

Los hermanos Andrés y Francisco Contreras se casaron en 1555. El primero con Francisca de Peñaranda, que aportó 33.000 maravedíes, el segundo con María Mexía, hija de un carnicero, cuya dote fue de 50.000[2]. Ana Gómez, viuda de Cristóbal de Castroverde[3], aportó cien ducados en su matrimonio con Juan de Borgoña, equivalentes a 37.500 maravedís, resultantes de la venta de las propiedades de su padre en Valladolid. Al morir, Ana testó a favor de Juan López, hijo de su primer matrimonio. La segunda esposa de Juan de Borgoña, Catalina Muñoz,  aportó en 1596 como dote,  un viñedo heredado de su madre, Juana Benavente[4].

La cédula de capitulación matrimonial de Gabriel de Moferriz, vigolero y Thomasa de Alegría, hija del doctor en medicina Matheo Brun, suscrita el 25 de mayo de 1588, ante el notario Juan Moles[5], describe las propiedades que cada uno de ellos aporta al matrimonio. Gabriel, “unas casas suyas sitias en la moreria cerrada y parrochia de San Gil que confrontan con casas de los herederos de Micer Castillo y con patios de Miguel  Olmedas y con dos calles publicas”, más tres mil sueldos jaqueses en efectivo, moneda aragonesa, que equivalía aproximadamente a 51.000 maravedíes castellanos. Por su lado, Thomasa aportó en vestidos y joyas dos mil sueldos jaqueses, 34.000 maravedíes, en concepto de dote y ajuar (axubar). La dote de Thomasa fue donada por su tío, mosen Juan de Nájera, mientras su padre, Matheo Brun, se comprometía a transmitirle todos sus bienes como herencia tras su muerte. Gabriel, como hemos visto, pertenecía a una prestigiosa familia morisca de constructores de instrumentos musicales, su aportación al matrimonio era importante, superior a la media de otros jóvenes coetáneos. Del mismo modo, la dote de Thomasa era de un nivel medio-alto. El matrimonio, más allá de indicarnos el status razonablemente elevado de ambos, es una magnífica muestra, aunque excepcional, de la convivencia entre moriscos y cristianos viejos pertenecientes al artesanado medio-alto.

En un escalafón superior a los ejemplos anteriores se situaban Ana de San Juan y Pablo de Herrera. La dote de Ana (1626) es la mayor que conocemos para la esposa de un violero. Ascendía a 17641 reales (599794 mrs.). Pablo de Herrera, gracias a los intensos movimientos mercantiles que desarrolló y a su privilegiada posición como violero del rey Felipe III, inventarió propiedades por valor de 2939 reales (99926 mrs.) menos una deuda de 135 reales con Andrea Carminati. Según Ibáñez Pérez[6], la mayor parte de las dotes del pueblo llano oscilaban entre los 1000 y los 500 maravedíes, las de las esposas de los referidos violeros superaban a mucha distancia estos valores.

Otro ejemplo del valor de los activos de un violero, al casarse, la encontramos en la persona de Pablo de Carranza, violero que trabajó en Madrid durante el último tercio del siglo XVI. Casó en segundas nupcias con la viuda María Gutiérrez, sus propiedades en ese momento, recogidas en un inventario de 1594 ascendían a la suma de 100 ducados (37500 mrs)[7].

Los datos anteriores nos permiten sumar una nueva estela a nuestro mosaico. Comparadas estas cantidades, con las estudiadas por especialistas en historia social y, sin dejar de puntualizar su carácter esporádico, resultan superiores a la media que suele establecerse para el pueblo llano. El matrimonio, además de representar un hito económico clave en la vida de los violeros, implicaba toda una serie de cambios en su posicionamiento gremial. Al menos, en el caso sevillano, advertíamos una clara diferenciación entre los violeros solteros y los casados. Los primeros, aun habiendo sido examinados, en el reparto de las maderas sólo podían tener derecho a la mitad que los casados. Esta limitación en los derechos de compra, establecida en las ordenanzas de 1502, podría estar motivada en la supuesta reducción de la actividad de su taller, ya que las mujeres de los oficiales solían trabajar en la propia tienda y en otras tareas propias del obrador. Veíamos también cómo a los aprendices se les inicia en la profesión, precisamente en la tienda, complementando las tareas de las mujeres. Además de la venta de instrumentos, cuerdas y muy posiblemente libros de música, en la tienda se desarrollaban procesos importantes de acabado, como, por ejemplo, el encordado de los instrumentos.

El derecho de apertura de las tiendas, como veíamos, lo adquirían los violeros una vez superadas las pruebas de examen, pero no era una facultad personal, al modo de título individual, sino que el derecho se confería a la tienda, como entidad, o unidad productiva. Así, tras el fallecimiento del violero, su viuda, de acuerdo al artículo 16 de las ordenanzas sevillanas, heredaba esos derechos para toda su vida, con las dos únicas salvedades de que no se volviese a casar y viviese castamente. De casarse de nuevo y no hacerlo con un oficial violero, perdería los derechos y la tienda debería ser cerrada[8]. Las ordenanzas de Sevilla, aunque no exigían conocimientos a las mujeres de los violeros, parecen reconocer implícitamente su capacidad para mantener la tienda abierta, lo que de algún modo precisaba que incluso pudieran construir instrumentos.

Más claridad al respecto nos ofrecen las ordenanzas de los violeiros lisboetas especializados en la manufactura de cuerdas, también llamados corderos. En Lisboa podían examinarse sus mujeres :

“E porque as mais pessoas que o dito offiçio usao sao molheres e seraa Jnconveniente nao se acharem homens que seiao juizes e examinadores para meter o offiçio em orden, mandao que daqui em diante quando alguma molher cassada com violeiro se quiser examinar do dito officio de fazer cordas nao vse delle sem seu marido ser tambem examinado. E a que o contrario fezer pagaraa mil reaes a metade para as obras da Cidade a a outra para quem a acusar. E todas as mais molheres assim solteiras como casadas poderao ser examinadas e usar do dito offiçio liuremente, ajnda que seus maridos nao seiao delle examinados”[9].

De nuevo, los corderos de Madrid, dedicaban una de sus ordenanzas a las mujeres:

“8.- La octava que las mugeres que queden viudas de Mtros del dho oficio puedan tener obrador sin oficial por un año y dia como es costumbre en los demás oficios y pasado el dho tiempo no lo pueda tener sino fuere como oficial exsaminado”[10].

 El plazo que se concede a las viudas de maestros, por un año, que aparece reflejado en ordenanzas de otros gremios, aparecía también con anterioridad en las ordenanzas de Toledo:

“Yten que qualquiera mujer de maestro del dicho arte que enviudare pueda tener tienda un año y que pasado el dicho año la zierre o tenga un oficial exsaminado con que teniéndole pueda tener la dicha tienda asta que se case otra vez”.

 Esta limitación que reflejan las ordenanzas de Lisboa, Toledo o Madrid, vinieron a restringir los derechos de las viudas, en relación a los que reconocían las de Sevilla. De hecho, el sentido de estas disposiciones, es muy diferente. La licencia no se asociaba al concepto tienda, sino al de violero y el permiso para mantenerla abierta durante un año, respondía a la necesidad de vender las existencias. Era un plazo, por lo tanto, para cerrar el negocio, que sólo se interrumpiría, de contratar la viuda a un oficial debidamente examinado, o bien, de casarse de nuevo con un violero. Aunque en cada ciudad pudo haber diferentes variantes, quizá ese fuera el estado en el que se encontraba Leonor Rodríguez, una violera de Badajoz, viuda del violero Manuel Álvarez. Aparece referida en la lista de los cofrades más antiguos de la cofradía de San José de carpinteros de Badajoz, en 1612, junto a los nombres de otras viudas de carpinteros[11].

En el documento que recoge la agresión que sufrió el violero Antonio Lobera en Alcalá de Henares por unos estudiantes disconformes con la calidad de una tiorba, su mujer, Antonia de Lara, aparece trabajando junto a él[12], como la responsable de la tienda, cuidando de las guitarras y el resto de los instrumentos expuestos. Esta sería una tarea habitual ejercida por las mujeres, mientras sus maridos construían o reparaban en el taller. Pero no la única. El aprendizaje por línea femenina, aun no estipulado oficialmente, parece claro en el caso de las hijas de los violeros. Luliana de León, hija del violero de la reina Francisco de León. Tras la muerte de su padre, ejerció el oficio provisionalmente: “y que ella a servido por sobstituto el oficio después que murió su Padre”[13]. Más adelante, se casaría con el violero Gabriel de Murcia. Incluso intuimos que las mujeres asumieron funciones de tutela y formación de los aprendices. Un caso claro de una práctica que podría ser habitual, se refleja con Alexandro de Zulueta Uribe, que entró como aprendiz de Manuel de Vega y su mujer Francisca de Herrera en 1656, “como oficial aprendiz del dicho oficio criado de los otorgantes”[14].

Como conclusión, hay muchas evidencias que demuestran que las mujeres trabajaban en los talleres de violería, aunque, como en tantas otras ocasiones, muchas veces quedaran en el anonimato. El  Romancero General editado en 1614, entre sutiles metáforas, nos ofrece una descriptiva escena en la que aparece la mujer de un violero, ayudando a su marido en el encordado de las guitarras:

“…Con la del violero,/ Que vive de cara/ Comunica mucho/y son como hermanas./Ella es de la vida,/ y también muchacha/ y con su marido/encuerda guitarras./ Él busca las primas/ frescas de Alemania / y ella las terceras/ de la tierra, y rancias./ Él mira las cuerdas,/que solas dos hagan,/ y ella, por no serlo / haze las que bastan./Y otras mil cosillas /que el hombre se calla,/ por tener presente/ la amistad pasada./ Otro la celebre/ como a la escrivana /hasta hazer entre ellas/ la traviesa pata”[15].

[1] FERRERA, Jacqueline, Los diálogos humanísticos del siglo XVI en lengua castellana, segunda edición, Murcia, Universidad de Murcia, 2008.

[2] ROMANILLOS VEGA, José Luis & HARRIS WINSPEAR, Marian, The vihuela de mano and The spanich guitar, Imprenta Laguna, Madrid, 2002, p. 86.

[3] En la librería de Cristóbal de Castroverde, en 1542, la inquisición requisó el libro Ap. Hugonem Aporta, por estar incluido en la lista de los libros prohibidos del Memorial de los libros prohibidos que mantiene el tribunal de la Santa Inquisición de Sevilla, en los casos en que haya de tomarse alguna determinación. LEÓN DE LA VEGA, Manuel, op.cit, p. 540.

[4] ROMANILLOS, op. cit., p. 43.

[5] APNZ, Juan Moles, notario, 1588.

[6] IBÁÑEZ PÉREZ, Alberto C.: Burgos y los burgaleses en el siglo XVI. Burgos, Autor-Editor, 1990, pp. 490-491.

[7] AHPM, Carta de Dote, 28-4-1594, Prot. 740, folios 513-20r.

[8] Ordenanzas de violeros de Sevilla, op.cit, “De los carpinteros”, núm. 16, fol. 148.

[9] Liuro dos Regiments dos officiaes mecánicos…cap. XLII Do Regimento dos que facem cordas de viola (11).

[10] ORDENANZAS DE LOS FABRICANTES DE CUERDAS, MADRID, 1679. AHPM, Prot. Núm. 10359 de Mateo de Ivaizabal, fol. 98 y 99 r. En Louis Jambou: “La lutherie à Madrid à la fin du XVII siècle”, en Revista de Musicología, IX, 2 (1986), pp. 446-448.

[11] RODRIGUEZ-MOÑIÑO, A. “La escultura en Badajoz durante el siglo XVI”, en Seminario de Estudios de Arte y Arqueología. Universidad de Valladolid. Curso 1945-46. Valladolid, (1946). P-130, p. 114.

[12] Ver Cap. 2.7.1.

[13] Madrid, 22 de febrero de 1682. RUSSELL, Craig H. Santiago de Murcia´s “Codice Saldívar nº. 4” A treasury of guitar music from baroque Mexico. Vol. 1. : Universidad de Illinois, 1995, p.240.

[14] AHPM, Testamento, 30-12-1656. Prot. 5438, fols. 165-69r. Romanillos, op.cit, p. 437.

[15] FLORES, Pedro: Romancero General, en que se contienen todos los Romances que andan impressos, aora nuevamente añadido, y emendado por Pedro Flores, Madrid, Juan de la Cuesta, 1614, pp. 287-288.

 

 

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